El poder de cambiar las cosas.

El poder de vivir, no de sobrevivir.

Momentos malos, tristes, de bajona, momentos asqueantes que te hunden poco a poco donde ya no ves la superficie pero tampoco ves el fondo. Momentos de oportunidad por otro lado. Son momentos en los que o buscas dentro de ti para encontrar los huevos necesarios o mejor lárgate a peregrinar entre lamentos. Y claro que es difícil, demasiado cuesta arriba. Dirás: «Es muy duro», claro, por supuesto que es duro. Una de las primeras cosas que se pierde en esos momentos es la energía, las ganas de seguir tirando hacia adelante, las ganas de vivir y de invertir en ti. En el momento en el que dejamos de invertir en nosotros mismos empieza el declive. Y a todos nos ha pasado en algún momento, el que diga que no, miente. Finges estar bien, sonríes, pero cuando te sientes sólo en tu casa, sin miradas a las que impresionar, viene el miedo, la ansiedad, la angustia, la inseguridad…

Pero no es tiempo de perdedores, porque tú no lo eres, tú no eres un perdedor, no eres una perdedora, ese tiempo ya pasó. De un modo u otro tenemos un ganador dentro de nosotros, sólo hay que buscarle. Sólo el que arriesga, gana. Porque en el fondo lo más importante de tu vida eres tú y tus circunstancias. En el fondo, al único que tienes que aguantar si o si en momentos malos es a ti. Y al único al que tienes que agradecer lo grande que eres es a ti, la gente te pudo ayudar, pero el mérito es tuyo y de nadie más. Nos merecemos un poco de nosotros mismos. Aprende a encajar los golpes mientras sigues impasible hacia adelante. Piensa en quién eras, piensa en quién eres y sobre todo piensa en quién quieres ser. Te podrán tirar, pero nunca conseguir que te rindas. Y será un camino difícil, el miedo te mirará a la cara y te dirá que retrocedas, te dirá: «Déjalo». Pero el único pensamiento que debes tener en cuenta es: «No ahora, no por ahora». No te puedes rendir en este momento ya que todavía no es el final, todavía no has llegado a tu objetivo, no has ganado.

Respira hondo, busca en tu interior y vuela, vuela muy alto. Sal a la calle y grita ante tanta mediocridad que tu destino es el cielo. Nadie puede dañar a quien vuela por las nubes. O vuelas o te quedas arrastrándote entre quejidos y lamentos.

Te pregunto lo siguiente: ¿Realmente te atreves a volar?

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